< February 03, 2013 >

Comentario del San Lucas 4:21-30

 
Esta sección comienza con una expresión de asombro: “¿No es este el hijo de José?” (v. 22).

¿Cómo pueden esas “hermosas palabras” salir de la boca del hijo del carpintero que todos conocemos?, era seguramente lo que pasaba por la mente de los presentes. El paralelo de Mc 6:3 lo evidencia más claramente: “¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”

Esta sorpresa refleja muchos elementos importantes a considerar. ¿Cómo entender que el ministerio de un profeta surja de alguien ubicado en los estratos socio-económicos más bajos de la región? Allí habitan los supuestos ignorantes e iletrados. Esos sectores también representan la impureza religiosa. Son aquellos que están obligados a trabajos cuya ejecución se contrapone a las normas de higiene y pureza de la religiosidad oficial, y con ello la exclusión. Más aún, de allí provienen los “mixtos”, aquellos y aquellas que en un pasado se mezclaron con los extranjeros, violando –según las interpretaciones más fundamentalistas– la pureza racial del pueblo.

Pero tal vez lo que resalta más de este versículo, al igual que en sus paralelos, es la mención de lo familiar. Muchos afirman que la mención de José, en este caso, se vincula con la genealogía de Lc 3:21-37, la cual evidencia no sólo la vertiente davídica sino adámica de Jesús. Pero también tomemos en cuenta el impacto narrativo del texto. El enviado no llega de las nubes ni posee un origen mítico. Pertenece a una familia del pueblo. Es hijo de José, el carpintero, quien alguna vez ha arreglado la mesa del comedor o enderezado la puerta de la casa de alguno de los presentes. Es hijo de María, a quien cruzaban todos los días con su tinaja de agua caminando por las calles de tierra. Es, en definitiva, uno más.

Las palabras del v. 24, uno de los más citados –ya casi como cliché–, sin duda habrán producido un fuerte impacto entre quienes lo escucharon. Por un lado, Jesús se estaba llamando a sí mismo profeta. No solo eso, sino que inmediatamente menciona la historia de Elías, uno de los profetas más importantes de la tradición judía, quien además se esperaba –desde una de las corrientes teológicas más fuertes del momento– que volviera como Mesías. Mt 16:14, como respuesta a otra famosa pregunta (“¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”), vincula, precisamente, la percepción del pueblo sobre el ministerio de Jesús con este profeta.

Pero lo que llamó más la atención del público –al punto del hastío y reacción violenta– fue el giro que hizo Jesús a la historia del profeta. Hace hincapié sobre el relato de la viuda de Sarepta (1 R 17:7-24), el cual tiene mucho paralelo con el encuentro de Jesús y la samaritana (Jn 4:7-27). Es la historia de una extranjera, viviendo en las fronteras de Israel, que responde –a pesar de su extrema pobreza– al pedido de Elías. Es recibido y acogido, a pesar de que contaba sólo con un poco de alimento para su hijo. Pero su respuesta no fue en vano, ya que fue bendecida por su gesto.

Una extranjera, una impura, puesta como ejemplo por Jesús. ¿Cómo no iba a causar la molestia de los presentes? Ellos se creían el paladín de la pureza, el reflejo de la verdadera piedad. Pero según Jesús, lejos estaban de ello. Podríamos mencionar tres elementos que nos deja esta acción. Primero, el lugar de Israel es cuestionado como único portador de la verdadera fe. Esto sigue en sintonía con las fuertes críticas de Jesús a la religiosidad de aquel tiempo, la cual había perdido la piedad que la constituía originalmente, para transformarse en un fin en sí misma, donde los rituales eran enarbolados en su sola repetición, y sus administradores como poseedores de la verdad absoluta.

En segundo lugar, los extranjeros –los otros, los distintos, los impuros– son ubicados dentro de la historia de la salvación. Como podemos ver en los relatos que Jesús evidencia en esta historia, así como muchos otros en el Antiguo Testamento, este tema no es nada nuevo en la tradición judía. La misión particular de Israel no se vinculaba con algún estatus racial o socio-político particular. Esta cosmovisión comenzó a preponderar a partir de Esdras y Nehemías, frente a la necesidad de reconstruir Israel tras el exilio. Por el contrario, su elección se basaba en el cumplimiento de su misión, que no era más que ser una comunidad ejemplar, basada en prácticas de igualdad, amor, solidaridad y justicia. De aquí sabemos que Israel, desde sus inicios, representó un conglomerado de diversos pueblos y grupos que se congregaban alrededor de la fe en Yahvé. Por todo esto, el punto central de la fe no se depositaba en la pertenencia a una etnia particular sino a un pueblo. Todo pueblo es en sí compuesto y constituido por una heterogeneidad de sujetos, grupos y elementos, y su especificidad se deposita en la manera en que conviven.

¿Qué es, entonces, lo que hace a este grupo “pueblo de Dios” y seguidores/as de la fe en Israel? Aquí el tercer punto. Tal como lo denunció Isaías (29:13), no son los ritos y costumbres religiosas, sino –como vimos en Lc 4:14-21– la promoción de una vida anclada en la justicia, la solidaridad con el prójimo y la liberación de los cautivos. Esto despierta muchas preguntas. ¿En dónde reside, entonces, la elección de Dios? ¿Quiénes son los que tienen fe realmente? ¿Qué lugar poseen los ritos y las costumbres religiosas en esta manera de ver la vida? ¿Quiénes están realmente “dentro” y “fuera”?

Esto nos hace reflexionar sobre nuestra manera de comprender la fe hoy. Sabemos que es común que las particularidades religiosas tiendan a aislarse en su propia especificidad, enarbolándose portadoras de la verdad absoluta y únicas voceras del Dios trascendente. Su defensa llega a la violencia más absurda, como sucedió en este mismo relato, con quienes se olvidaron de la piedad para arrojar a Jesús desde la cumbre del monte. Esto ya pasaba en tiempos de Jesús, y es lo que precisamente denuncia en esta historia. Esto no quita importancia a las prácticas religiosas en sí. Lo que debemos tener bien en claro, desde nuestra tradición cristiana, es que ellas no deben transformarse en un fin en sí mismo, sino servir a la promoción de la justicia, la solidaridad y el amor al prójimo. Por ende, las prácticas deben ir transformándose en la medida en que no sirvan a estos objetivos centrales. Más aún, si creemos que la fe tiene que ver con la solidaridad y el amor al prójimo, entonces debemos considerar que los marcos religiosos particulares no son el único criterio para reconocer la acción de Dios en la historia y la fe de los demás.

Que éste sea nuestro compromiso: aprender a vivir la fe en el seguimiento a Jesús, no desde los ritos vacíos sino desde la plenitud de las prácticas de amor, entrega y solidaridad al prójimo, comprometidos y comprometidas con la promoción de la justicia en donde nos encontramos. Que esta apertura nos de la humildad para ir más allá de nuestras creencias particulares, para ver la mano extendida del Dios amoroso en quienes nos rodean.