< December 30, 2012 >

Comentario del San Lucas 2:41-52

 
La unidad temática de Lucas 2:41-52 debe ser leída dentro del contexto literario de todo el capítulo 2, porque narra  la secuencia de la encarnación del Hijo de Dios y de su inserción en un contexto particular, así como todo ser humano común pasa por todas las etapas de crecimiento: físico, intelectual, emocional, espiritual y social.

Toda esa amplia unidad tiene como propósito enfatizar el desarrollo de un ser humano común, pero diferente por participar de la misma naturaleza de la divinidad. El pasaje entreteje la humanidad y la divinidad. Aunque se narra su crecimiento humano, no se esconden los destellos que señalan a un ser extraordinario.

Lucas 2:1-20 narra el anuncio y el nacimiento del Mesías que vendrá con características humanas y divinas a la vez, sujeto en todo a las vicisitudes, pero anunciado por un ángel que se hace acompañar por huestes celestiales.

Lucas 2:21-39 nos dibuja otra etapa más de desarrollo en este ser humano especial. Respondiendo al contexto en el cual se inserta, se somete a la cultura y a las tradiciones de la familia. A los ocho días es circuncidado, para ser considerado legalmente parte de la nación israelita. También debe cumplir junto con su madre la ley de purificación. La madre que daba a luz quedaba “legalmente" impura por cuarenta días  si quien nacía era  hijo varón, y ochenta si era hija (Lev 12:1-8), pero además hacía impuros a quienes habían estado en contacto con ella durante ese tiempo. Cumplido este período, debía ir al templo y, en el atrio de las mujeres, recibir la declaración del sacerdote de estar "legalmente" pura. María y su niño por ser pobres entregaban como ofrenda  dos  tórtolas y dos palominos (Lev 12:8).  Así Jesús por pertenecer a la raza humana, específicamente a los judíos, debía sujetarse a  esta tradición, cumpliendo a cabalidad con todas esas exigencias, que le daban legalidad a su estatus humano social.

A pesar de ello,  una realidad se sobrepone a ésta. Aparece en escena “… un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viera al Ungido del Señor” (vv. 25-26), quien acredita la mesianidad de Jesús.

El autor concluye esta etapa con una  frase separada del resto de la unidad, que utilizará de nuevo en el v. 52: “El niño crecía y se fortalecía, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios era sobre él” (v. 40), enfatizando que el proceso de crecimiento se iba cumpliendo normalmente.

La narrativa pasa a continuación a otra etapa del crecimiento, la adolescencia del Mesías (Lucas 2:41-52). Cumpliendo con las exigencias culturales y familiares pertenecientes a la memoria histórica del pueblo, van a Jerusalén todos los años a la fiesta de la Pascua, pero como la mayoría de los adolescentes inquietos y abiertos a los nuevos conocimientos del momento, Jesús se queda en el templo, aprendiendo e indagando sobre la ley; su identidad está siendo fortalecida, así que va por los contenidos que más le atraen. Sus padres, como es de esperarlo, están desesperados, porque no lo encuentran por ningún lado, hasta que regresan de nuevo al templo y lo hallan conversando  tranquilamente con los doctores de la ley. Ante su reclamo, la respuesta de Jesús es la normal  de todo adolescente, pero con la diferencia del acompañamiento de una verdad divina: “…en los negocios de mi padre me es necesario estar” (v. 49), pues Él no solamente es un ser terrenal sino celestial. A pesar de ello, “…descendió con ellos y volvió a Nazaret, y les estaba sujeto…” (v. 51). Luego, el autor concluye con la frase: “Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres” (v. 52), para dejar constancia de que su crecimiento continúa.

No podemos obviar que la propuesta de toda la unidad literaria es mostrarnos el desarrollo normal del Mesías como todo ser humano común, desde lo físico, emocional, intelectual, social y espiritual.

La adolescencia, como las diferentes etapas de la vida, cada una con sus exigencias, se logran superar cuando se tienen a favor todas las instituciones, especialmente a la familia que vela por que se satisfagan todas esas necesidades del crecimiento, incluyendo los elementos que nutren la vida, como el afecto, la provisión, el cuidado y la educación. El texto se apodera de nuestro contexto y nos interpela para que reflexionemos: ¿Por qué será que nuestros niños y jóvenes al llegar a la etapa más difícil del desarrollo, la adolescencia, se pierden en las drogas o en otras influencias? ¿Cuáles fueron las condiciones en las que se desarrollaron? ¿Tuvieron las oportunidades?  Jesús mostró educación, valores y seguridad que le dieron una identidad firme.

Los niños que no viven a plenitud sus etapas por falta de oportunidades, no se desarrollan normalmente. Jesucristo vivió cada una de sus etapas de desarrollo. La verdadera Navidad nos interpela a la praxis para lograr que los niños y niñas tengan las oportunidades y los recursos que nutran su vida. La Navidad reclama al contexto abominable que viven nuestros niños y niñas de y en la calle abandonados(as) a su suerte.  Las autoridades sociales, como la familia; las religiosas, como las del templo; las políticas, como los doctores de la ley y las distintas instituciones, pusieron un poco de cada una de ellas, con el fin de que un ser humano, llamado Jesús, se desarrollara de forma plena.

La encarnación del Hijo de Dios nos interpela en nuestro contexto reclamando  una oportunidad para todos y todas, y por lo tanto, un desarrollo integral de la niñez y la adolescencia.

Así vivir la verdadera Navidad tiene que ver con nuestra acción profética de denuncia de la falta de solidaridad, y de justicia social hacia el ser humano, cuyo crecimiento se trunca por falta de oportunidades.