< February 26, 2012 >

Comentario del San Marcos 1:9-15

 

El versículo 9 introduce por primera vez a Jesús en la historia que Marcos narra.

El segundo evangelio no preserva tradiciones del nacimiento de Jesús como Mateo y Lucas ni hace referencia alguna a la pre-existencia del Mesías Jesús. Para Marcos Jesús aparece de repente en la escena introducida por la voz que, clamando en el desierto, anuncia que pronto Dios visitará a su pueblo (Marcos 1.2-3). El Bautista anuncia que su misión es introductoria, pues le seguirá uno mucho más grande que él (1.7). Jesús interrumpe la historia humana repentinamente, pues notamos en adelante como sin precaución alguna invade el territorio habitado por Simón, Andrés, Juan y Jacobo y les invita a que formen parte de su grupo discipular; que abandonen su industria de pesca ya que serán pescadores de hombres (y mujeres).

Estando Juan bautizando en el desierto, Jesús se presenta ante él para ser bautizado. Marcos simplemente reporta que Jesús fue bautizado por Juan, sin detalle adicional. La sencillez de su presentación histórica implica que para este evangelista el bautismo de Jesús no era tan problemático como para Mateo. En el primer evangelio, Juan explícitamente declara que no es digno de bautizar al Señor Jesús, sin embargo Jesús se somete al bautismo por los pecados. Si el bautismo de Juan fue de arrepentimiento para perdón de pecado, ¿por qué entonces se bautizó Jesús ya que nuestra teología declara que el nunca pecó? Marcos no preserva razón alguna por el bautismo de Jesús, por tanto es necesario referirnos brevemente a los otros relatos bíblicos (aun cuando expresemos reservas de armonizar los relatos como veremos abajo). Mateo y Lucas sugieren que no es que Jesús necesita arrepentirse de pecado, sino que Jesús tanto se identificó con el pecado de la humanidad que para cumplir todos los requisitos ha identificarse igualmente con el bautismo. 

Tres ocurrencias asociadas en la literatura judía con la inauguración del reino escatológico de Dios ocurren en el bautismo de Jesús, indicando potentemente que el Reino de Dios ya esta a la puerta. Estas tres ocurrencias son los cielos abiertos, el descenso del Espíritu de Dios, y la voz afirmando la identidad de Jesús. A la misma vez, estos acontecimientos confirman al lector que Jesús es el más poderoso que ha de venir según la predica del Bautista (1.7).

Marcos declara que cuando Jesús subía del agua vio los cielos «abrirse». Aunque la palabra castellana «abrirse» describe bien lo que ocurre no es la mejor traducción de la palabra griega schizein que normalmente se traduce por «rasgar». Schizein (rasgar) es la palabra griega utilizada en la Septuaginta de Isaías 64.1 («Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes») para describir el anhelo del profeta por la irrupción de la presencia de Dios a favor del pueblo abandonado en su exilio. En la literatura judía schizein se utiliza para describir cataclismos que simbolizan el poder de Dios tal como el partir del Mar Rojo (Éxodo 14.21), el golpe sobre la peña de Horeb (Isa 48.21) y la partida del Monte de los Olivos cuando el Señor desciende sobre este (Zac 14:4). El Testamento de Levi 18.6-8 (libro apocalíptico el segundo siglo antes de Cristo) preserva esta tradición y es un pasaje paralelo a nuestra lección: «Los cielos se abrirán y desde el templo glorioso bajará sobre él la santificación con la voz del Padre, como la de Abrahán a Isaac. Le será concedida la gloria del Altísimo, y el espíritu de sabiduría y santidad reposará sobre él. Él transmitirá a sus verdaderos hijos la grandeza del Señor por siempre, y no tendrá otro sucesor de generación en generación eternamente».

En Marcos la palabra se usa una sola vez más, en 15.38, cuando al morir Jesús en la cruz del Calvario la cortina del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, entonces el centurión declara «¡Verdaderamente este era el Hijo de Dios!» La declaración del centurión y el anuncio en Marcos 1.1 que Jesús es el Hijo de Dios nos presenta en breve el tema central del evangelio: Jesús es el Hijo de Dios. Entre 1.1 y 15.38 el evangelista desenvuelve la identidad de Jesús y así conducir al lector a los pies de Jesús.

Segundo, notamos como al subir Jesús de las aguas desciende del cielo el Espíritu como paloma. Años de silencio, cuando la palabra de Dios no se oía directamente sino por medio de la bat qol (hija de la voz), o sea el eco de la voz de Dios (esto es una referencia a la numerosa literatura pseudepigrafica y apocalíptica de la era intertestamental). Dios hablaba furtivamente pues no había profeta que tuviese acceso a la palabra de Dios; no había voz definitiva y autoritativa. Pero ahora vemos que en Jesús desciende el Espíritu y en breve anuncia la irrupción del reino de Dios (1.14-15). Esto implica que Jesús será una persona llena del Espíritu de Dios y por tanto su enseñanza es con autoridad, como los profetas del pasado; y definitiva ya que la suya es la última palabra de Dios a la humanidad (vea Hebreos 1.1-4).

Una voz de los cielos, ahora abiertos por el desgarro de los mismos, afirma que Jesús es el Hijo Amado de Dios. El significado de esta declaración-afirmación es que Jesús es el amado Hijo de Dios en una manera muy singular (vea 12.6), cual posee una relación única con Dios, distinguida de el resto de la humanidad (13.32). Esta singularidad no es resultado de actividad alguna (como en el Salmo 2 cuando en su coronación el nuevo rey es el hijo adoptivo de Dios) pues todavía Jesús no ha ejercido actividad alguna. En otras palabras, Jesús no es el Hijo de Dios porque ejerce ciertas actividades sino porque él es Hijo de Dios es que puede hacer ciertas cosas. Quien él es determina lo que hace y no lo contrario. 

La tentación del Hijo de Dios sigue la identificación de Jesús como el anunciado más fuerte que Juan. El relato Marcano de la tentación se difiere en gran manera de la versión preservada en Mateo y Lucas. Marcos no hace referencia al ayuno de Jesús mientras que Mateo y Lucas no mencionan las fieras. El dialogo con Satanás, que forma la esencia de la tentación en Mateo y Lucas (y bien conocido en la Iglesia) no lo encontramos en Marcos, sino la vaga referencia «era tentado por Satanás», frase que aunque no desacredita la conversación sin embargo la estima innecesaria para el propósito del evangelista. Esto es, para los propósitos de Marcos la realidad de la tentación en si misma es suficiente y por tanto no necesita los detalles de la tentación. Por esta razón, estimo que esta es una excelente oportunidad para añadir una advertencia exegética en cuanto a la predicación bíblica. Nuestro compromiso con el texto bíblico, en particular la contribución y el valor de cada evangelio como documentos integrales, demanda que preservemos el mensaje del evangelista en nuestra exposición. Por tanto, debemos evitar armonizaciones cuando exponemos pasajes de los evangelios sinópticos. No es que uno no haga referencia a las diferencias--siempre y cuando sea necesario y pertinente a la verdad que se expone--sino que la base del principio comunicado ha de ser el texto ante nosotros. En este caso, nos mantenemos firmemente en Marcos y evitaremos referencias a la conversación con Satanás. Ya vendrá el tiempo, el próximo año litúrgico, cuando podemos hacer énfasis en tal dialogo. Sin embargo, reconociendo que entre los congregados ante nosotros en este domingo se encuentran personas familiarizadas con las otras versiones de la tentación, debemos admitir brevemente que estamos al tanto de la relación sinóptica.

Marcos no indica por qué el Espíritu impulsó a Jesús al desierto. Pero teniendo en mente que de acuerdo a Isa 13.19-22; 34.13-14; Ezek 34.2 (y a otras referencias en la literatura judía contemporánea) el desierto y las fieras que allí habitan simboliza la morada de Satanás, el lector asume que la razón es la tentación. Lleno del poder del Espíritu Jesús invade la morada de Satanás. Pronto el evangelista presentará a Jesús como el hombre mas fuerte quien encadena el fuerte de la casa (Satanás) y se apodera de su botín. 

Ideas Homiléticas
La tres perícopas que forman la lección de este domingo presenta un esquema de la jornada de fe que hemos de seguir como discípulos--bautismo, tentación, fidelidad al mensaje del evangelio. En este primer domingo de cuaresma enfatizamos la solidaridad del Maestro con sus discípulos y de nuestra obligación de responder anunciando la presencia del Reino en nuestras vidas y comunidades de fe. Adicionalmente el pasaje enseña que nuestra inauguración al reino de Dios (por medio del bautismo) y la presencia del Espíritu con nosotros no nos ínsula (o inocula) contra la tentación que forma parte de nuestra existencia terrenal. Mas el bautismo y el Espíritu son los medios de la gracia divina que nos fortalece para la jornada de fe. Dios estará con nosotros en los días de nuestra tentación, aun cuando el mismo enemigo interrumpe nuestra jornada con sus artimañas; allí esta el Señor para fortalecernos, refinarnos, purificarnos, y prepararnos para servicio en su Reino. 

Según Marcos, el bautismo de Jesús lo identifica como el Hijo de Dios. Igualmente en nuestro bautismo nosotros somos declarados hijos e hijas de Dios. Podemos perder muchísimas cosas en la vida, pero nuestra identidad como hijos e hijas de Dios por la gracia de Dios en Cristo Jesús esta segura en la obra de Jesucristo. Consecuentemente de este pasaje surge la siguiente trayectoria (estructura) de exposición:

Introducción: La Geografía de la Salvación
A. Bautismo (la necesidad de bajar de lo familiar al Jordán)
B. Tentación (nuestra identificación con el Mesías Jesús resulta en tensión con la sociedad a nuestro derredor)
C. Predicación (Dios reina en nosotros, por tanto anunciamos la llegada del Reino)
Conclusión: Nuestro compromiso para los próximos 40 días de reflexión.