< July 31, 2011 >

Comentario del San Mateo 14:13-21

 

Nos encontramos con uno de los relatos más conocidos del evangelio, la acogida de Jesús de quienes lo seguían y la alimentación de la muchedumbre.

Si bien su tema central es el 'milagro' de la multiplicación de los panes, no debemos perder de vista el marco donde se sitúa el relato y su sentido ulterior: la comunidad de personas alrededor de Cristo donde los enfermos son curados y todos son saciados. Este gesto, que por el momento sólo alcanza a algunos, posee un contenido inmediato --sanar y saciar el hambre-- y uno simbólico --anticipación de un banquete que vendrá para todos.

La ubicación de esta perícopa en la estructura del evangelio de Mateo sigue al rechazo de Jesús en Nazaret (13:53-58) y las noticias sobre el fin trágico de Juan (14:1-12). Por ello el relato enfatiza que a pesar de esos 'traspiés', la gente busca a Jesús, se agolpa en su entorno y él se compadece de ella. Es el comienzo de un nuevo pueblo, alejado de los centros importantes de su época (ciudades).

A diferencia de la versión de este mismo evento en los otros evangelios, en Mateo Jesús sale al encuentro de la multitud  no tanto para 'enseñar' (en el caso de Marcos) o para predicar (en el caso de Lucas), sino para curar sus enfermos. El ministerio de sanación de Jesús es un rasgo común a todos los evangelios, sin embargo, presentar a Jesús como un sanador es un rasgo central en este pasaje, que se acopla al evento de compartir los alimentos. Así Jesús, el 'rechazado', el sin hogar, es quien congrega, sana y finalmente comparte los pocos panes y peces entre la gente. Es importante pues mantener el hecho 'milagroso' de la alimentación de la muchedumbre bajo la óptica de la sanación que trae Jesús. Reunirse en torno a Jesús como nuevo pueblo, dar gracias a Dios y repartir lo poco a disposición --cinco panes y dos peces-- es el centro del 'milagro': la manifestación de un nuevo vínculo.     

Es interesante que el relato no hable de una muchedumbre hambrienta que viene a Jesús simplemente para alimentarse. La cadencia del pasaje señala la preocupación 'práctica' en labios de los discípulos: hay mucha gente y no hay por aquí dónde procurar comida ("el lugar está deshabitado," v. 15) y ya se hace tarde...es hora de comer. Aconsejan pues a Jesús a realizar lo atinado: despedir a las gentes para que vayan a sus casas-pueblos y coman. La muchedumbre, pues, no se acerca a Jesús para ser alimentada, como si éste fuera un almacén o un restaurant. Tampoco vienen para presenciar algún milagro portentoso, sino para estar cerca de Jesús y ser sanados, es decir, ser plenos.

Los discípulos proveen la base del alimento para la muchedumbre. En ningún momento el relato nos detalla un evento espectacular, sino recalca que en medio de lo ordinario y a través de él (cinco panes y dos peces) algo extraordinario sucede. Jesús no 'prepara' una comida, sino que hace de la escasez un banquete --el número siete es símbolo de plenitud. Si bien Jesús parece adoptar el rol típico judío adjudicado al padre de familia quien bendice los alimentos antes de repartirlos entre los comensales de la casa, es obvio también que el relato pone de relieve la capacidad 'multiplicadora' de la intervención divina. Por supuesto que todo el evento es un eco de algunas narraciones del Antiguo Testamento sobre multiplicación de panes (2 Rey 4:42-44), o sobre alimentos celestiales milagrosos (el maná, Ex. 16). Pero aquí aparece algo más: la sanación que trae la persona y obra de Jesús transforma las preocupaciones pragmáticas pero egoístas típicas de cualquier grupo humano --en este caso, de los propios discípulos. Un mundo de vínculos diferentes es posible y practicable.

Finalmente el pasaje cierra indicando que todos, hombres, mujeres y niños, comieron y fueron saciados, y lo sobrante llenó doce canastos. Doce es un símbolo bíblico que refiere a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles. En torno a Jesús la abundancia sobrepasa al grupo que inicialmente se congrega en torno a él (discípulos).

Sugerencias para la predicación
Hay quienes viven para comer, otros quienes comen para vivir --dice el dicho. La comida es un modo de conocer, una manera de vivir que refleja los vínculos entre las personas. El acto de comer, y no sólo la comida, ha sido tradicionalmente un componente central en todas las grandes religiones, incluidas el Judaísmo y el Cristianismo. Por un lado toda religión debe hacer referencia al hecho fundamental de que sin comida (y bebida), no hay vida. Implican una necesidad, una dependencia que compartimos con todas las criaturas. Pero por el otro lado la comida ha sido una manera de homenajear y honrar a los dioses o a Dios, sea esto en banquetes, al lado de tumbas, o depositando comida en lugares considerados sagrados. En cualquier país de América Latina todavía hoy podemos ver estas prácticas.

Mas en el caso de Jesús la cosa es un tanto diferente. La comida no es un sacrificio o regalo que hacemos a Dios. En verdad, Dios no necesita comer --al menos, de la manera que lo hacemos nosotros. La comida es más bien un regalo de Dios para nosotros. Pero justamente porque es un don para las criaturas, la pregunta es cómo comemos, que vínculos se establecen entre las personas. Lo que Dios ha destinado para muchos no puede ni debe quedar en manos de pocos.

En los últimos años hemos sido testigos a nivel mundial de una escalada de precios de los alimentos. El crecimiento de la población, sumado a la escasez de recursos por un sinnúmero de razones sociales, políticas y climáticas, ha llevado a que comer cueste caro. Es cierto, esto ha beneficiado los ingresos de países poco industrializados que cuentan con alimentos para la exportación. Pero también es cierto que el manejo de estos alimentos está en manos de unos pocos. En la cada vez más especulativa naturaleza de nuestras economías, la comida se vuelve otro factor para la especulación y el desmedido enriquecimiento.

Cuando Jesús ordena a la muchedumbre que se acuesten sobre la hierba se encontraba ante un escenario similar: su campamento se vio 'superpoblado' (el número 5000+ indica precisamente eso), además de enfrentar una crisis de escasez de recursos (sólo dos peces y cinco panes). La sugerencia de los discípulos parece la más lógica: que cada uno vuelva a su pueblo y se arregle por las suyas. Una solución 'práctica'. Más Jesús da vuelta este razonamiento y pregunta a los discípulos cuanto llevan consigo. El milagro no es cuánto se comió, sino cómo se comió: de lo poco compartido, todos fueron saciados.

Así es como irrumpe la gracia, trastocando el sentido común creando nuevas posibilidades prácticamente desde la nada. La gracia no sólo nos sana en nuestros fueros íntimos, sino que abre espacios de nuevos vínculos que manifiestan la plenitud que Dios ha sembrado en su creación. Los pocos panecillos y peces tocados por la gracia dan lugar al gran milagro de un nuevo vínculo -de Dios con las criaturas, y de las personas entre sí.